Seguir un tratamiento farmacológico y normalizarlo de por vida es lo menos malo dentro del proceso de la enfermedad, hoy por hoy, es una parte mecánica que he incorporado como nuevo hábito en mi vida. También los controles y visitas médicas.

Tras el diagnóstico, los primeros tratamientos me resultaban bastante más incómodos, tanto por su administración cómo por los efectos secundarios. Todo ello unido a la tensión nerviosa, ansiedad, incertidumbre, miedo que supuso el diagnóstico… fue una situación muy complicada. El impacto del diagnóstico fue brutal, y me sentí peor emocionalmente que físicamente, así que los efectos causados por el tratamiento pasaron a segundo lugar.

Aún así, nunca dejé de hacer vida normal y de administrarme rigurosamente el tratamiento.

Afortunadamente apareció una nueva generación de medicamentos, los ITKS, cuya administración y efectos secundarios fueron menos importantes en mi caso. Esto mejoró notablemente mi calidad de vida. He probado varios de ellos. Ahora mismo, tengo una conducta activa con respecto al tratamiento, además soy consciente de lo que supone tomarlo para la enfermedad que padezco, lo cumplo casi al 100%.

Hago vida completamente normal, trabajo, hago vida social, viajo, camino muchísimo,…

Además de los fármacos como tratamiento de la enfermedad física o biológica, considero muy importante el tratamiento que he recibido emocionalmente, en primer lugar mi familia   siempre ha estado tirando de mí a pesar de su angustia y preocupación, y por otra parte mi hematóloga, de la que he recibido mucho más que tratamiento médico, de hecho la considero parte de mi familia. 

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